miércoles, 31 de diciembre de 2008

Y próspero 2009

Es el tiempo de las promesas y propósitos que irán desvaneciéndose con el desgranar de los días nuevos. En enero florece el otoño de las intenciones, que se mecen acunadas por la voluntad ausente, hasta tejer un manto invisible bajo nuestros pies, para sucumbir bajo el peso de la costumbre.

Dejadme que me mienta un año nuevo más. Si, permitidme que, como preparando la noche de Reyes, escriba una carta ilusoria, cuya magia durará lo que doce campanadas en la Puerta del Sol. Será como un sueño, que canta el bolero. Así, al menos, durante apenas unos segundos, creeremos aún en la segunda estrella a la derecha o en la bella que despierte al calor de un beso.

Y es que me resisto a no cumplimentar de buenos deseos este año 2009. No sabría comenzar el año sin proponerme metas que no intentaré alcanzar. O lo haré solo durante breves días. Como cuando, en la escuela, comenzábamos una libreta con la mejor de nuestras letras, para culminarla con garabatos inteligibles hasta para uno mismo.

No me creeré si me decís que quienes siembran vientos, cambiarán odio por amor.
No me creeré que compartimos si mis ojos no lo ven.
No me creeré que la verdad se impone, si no veo marchar a la mentira.
No me creeré que el dinero no lo mueve todo si no ocupa su sitio la buena fe.
No me creeré que somos justos si no medimos con prudencia la palabra.

No
al hambre
a la guerra
a la sangre fuera de sus venas
a la lágrima exprimida por la pena
a la tristeza pasajera o perpetua
al niño que no puede ser niño
al anciano que sufre el alzheimer de sus descendientes
al mate que nunca fue jaque
a los dioses que hicieron esclavos a los hombres
a la frontera que separa



a la mesa compartida
a la tregua perpetua
al corazón que late
a la risa contagiosa
a la alegría inexplicable
al niño que juega
a los mayores reconocidos
al mate sin rencor
a los dioses que dejaron vivir
a las banderas blancas


Feliz año 2009. Qué cada día resuenen en tí los buenos propósitos que desees. Como doce campanadas fuera de hora.

miércoles, 24 de diciembre de 2008

¡Feliz Navidad!

El cartero sucumbe ante el peso de las felicitaciones navideñas, arrastrando tantos buenos deseos albergados tras un sobre franqueado y el nombre, quizás ilegible, del afortunado destinatario.

Son palabras escritas para seres queridos, a veces olvidados durante el año. El milagro del Espíritu de la Navidad.


Pero no voy a felicitar a aquellos que quiero. No. Voy a contradecir las leyes de la estrategia, y colocaré mi caballo en g2. O mi rey en d5 en pleno medio juego. También voy a triplicar mis peones, y a aislar un par de ellos. Quizás desarrollaré mi dama en la jugada dos. Si, todas esas barbaridades perpetraré desde este blog. Y es que mis mejores deseos serán

para aquellos que durante este año habeis dudado de mí;

para los que me habeis dado la espalda, cuando más falta me hacía una sonrisa;

para quienes hablais mal de mí cuando no estoy presente;

para todos los que me pusisteis a prueba, esperando que fallase;

para esas manos que se me negaron cuando tendí yo las mías;

para esas palabras que esperaba y nunca llegaron;

para quien me sentenció culpable, sin escucharme siquiera;

para quienes me envidian porque nunca gozarán de mi tesoro más preciado: una mujer que me quiere y confía en mí ciegamente, una hija maravillosa que piensa que su padre es el mejor del mundo, y un hermano mayor que me protege cuando vienen mal dadas.

Si, para vosotros, para todos, mi felicitación navideña.

Porque os hace mucha más falta un poco de amor que a aquellos que ya tienen todo el que soy capaz de dar.

Porque el regalo de un solo día, poco hace perder a quienes gozan de mis oraciones el resto del año.

Porque mis padres me hicieron ver la pobreza y la soledad de los que sólo siembran rencor, envidia, malicia. Y me enseñaron a ser generoso con ellos. No esperarían otra cosa de mí.

Porque todos los que no sois destinatarios de esta felicitación, formais parte de mi vida cotidianamente. Y cada día, os doy las gracias por vuestra comprensión, compañía, amor, amistad, sinceridad, valentía. Porque para vosotros, aquellos de los que hoy me olvido, siempre es Navidad.

Qué el Gran Akiba os inspire para que sepais si sois los unos.
O los otros.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

La estrategia del riesgo I: LM Vieito - Félix J. Montoya, 1980

El título de este artículo, La estrategia del riesgo, lo es también de un magnífico libro que el GM Gufeld dedicó a la vida y partidas del jugador soviético Leonid Stein, uno de los más originales e imaginativos ajedrecistas que se conocen. No es un secreto para mis amigos, la lista de mis jugadores favoritos, y que en ella, salvo Akiba Rubinstein, no caben jugadores de corte conservador: Misha Thal, Paul Keres, Viktor Korchnoi y Bobby Fischer pueden ser tachados de cualquier cosa menos de especulativos. Buscaban, y Korchnoi aún la busca, la victoria a cualquier precio, violentamente, sin ambages. Tampoco es un secreto que el primer libro con algo de nivel que leí de cabo a rabo fue "El arte del sacrificio en ajedrez" de Rudolf Spielmann. Por último, si comentamos que mi partida favorita es la Portisch-Thal, del Candidatos de Amsterdam 1964, donde Misha llegó a jugar con tres piezas de menos, tras otros tantos sacrificios no aceptados, concluyendo la partida en tablas ante el asombro general, no os cabrá la menor duda cual es el tipo de ajedrez que me gusta jugar. Claro, que lo haga bien ya es otra historia, pero os aseguro que cada vez que Caissa me regala una partida plena de sacrificios e ideas originales, soy un ajedrecista muy feliz.

La primera partida de esta serie es la quinta de mi match contra Félix José Montoya, jugado en 1980, y que perdí por 6-1. Un set, vaya. Pero qué uno. Veamos:


La partida comenzó con una Caro Kann algo insulsa, hasta que se dio la siguiente posición:


Mis alfiles apuntando al enroque negro. Mi torre en séptima. Mi dama a punto de incorporarse al ataque. Y el caballo negro dando la lata. No había otra:

18.Te4






Sacrificio de calidad que el gran Plinio Montoya calificó de "molt dubtós" (muy dudoso - en valenciano en el original)

Mi razonamiento durante la partida, profundísimo: "El caballo me molesta, y mis alfiles se quedan muy poderosos en el centro del tablero" ¿Cálculo? Ninguno...la jugué casi al toque. Luego me extrañaba de que no me llamaran para el equipo. Ni yo me convocaría jugando así.


18....de4 19.Ae4, e5 20.Ad5, Rh8 21.Ae5, Tc2 22.Tb7, Dc5


Tras unas jugadas casi forzadas (salvo la floja 19...e5), llegamos a otra posición interesante:


Un jugador normal procuraría defender su escaque f2, o su primera línea. Claro, yo no soy normal. Un servidor se preguntaba: ¿Y qué sacrifico yo ahora? Bueno, peón a tiro y con jaque...pues fácil

23.Ag7, Rg7 24.Td7, Rh6




El blanco sigue amenazando de todo, tanto en f2 como en la primera línea.

Veamos la posición:

¿Y ahora qué? Nada, ni cálculo, ni valoración, sino una especie de ruleta rusa.....Al abordaje....

25.Th7!!

Impresionante. Lo malo es que cuando la jugué, pensaba que tenía jaque continuo...pero no....tengo MATE....

25...., Rh7 26.Dh5, Rg7 27.Dg5, Rh7 28.Ae4!!

Ahora lo vi....podía ganar. Estaba cerca de la inmortalidad.


28....Tf5 29.Df5??

Ja, ja, qué burro soy: así también se gana, pero con 29.Af5 se da mate en pocas jugadas.
Por suerte Félix abandonó.

martes, 16 de diciembre de 2008

Vivir el Ajedrez

El ajedrez, como la vida, está habitado por personas de muy diferente factura, cada uno con sus ilusiones, inquietudes, objetivos y miserias. De todo hay. Y también como en la vida, juzgamos y tratamos al prójimo a través del tamiz de nuestra propia visión del mundo, que consideramos única e irrefutable, como una combinación que nos lleve al mate en pocas jugadas. Y resulta que la realidad es muy distinta a nuestra percepción, que existen otras formas de ver el ajedrez tan diferentes que no cabe otra que conceder que todo cabe en este tablero traidor. Si nos fijamos en la élite ajedrecística, hombres como Bobby Fischer, Gary Kasparov, Lev Polugaevsky, Efim Geller, Mihail Botvinnik, han dedicado su vida y un altísimo porcentaje de su tiempo al estudio del ajedrez. El genio de Brooklyn invertía más de diez horas al día al análisis de partidas y posiciones. Polugaevsky fue un investigador incansable del Laberinto Siciliano. Geller goza como uno de los teóricos más reputados del nuestra Historia.
En cambio estos hacendosos hombres, convivieron con aquellos que, amando el ajedrez tanto como ellos, no fueron tan fieles hijos de Caissa a la hora de descubrir la verdad del juego: Miguel Najdorf, José Raúl Capablanca, Misha Thal, Boris Spassky, tienen ganada fama de bohemios o perezosos, con una visión social o romántica del ajedrez. Y tienen su sitio en los altares. Merecido además.
Si esto pasa en la élite, no menos entre aficionados, que no disponemos de todo el tiempo del mundo para dedicarlo a los trebejos. Convivimos aquellos que desean jugar medio centenar o más de partidas al año con los que apenas juegan una docena. Los que están deseando que haya cualquier evento al que acudir, como conferencias, clases magistrales o torneos de rápidas, y los que sus prioridades son otras distintas, aparcando el ajedrez por otras actividades tan gratificantes para ellos como el ajedrez.
Como en la vida, hemos de comprendernos mutuamente: el apasionado tiene que entender a aquel que sólo está dispuesto a concederle a Caissa unos cuantos días al año. Y éste debe ser magnánimo con quienes adoran a la Diosa del Ajedrez con veneración. Todos cabemos, sin exigencias y sin reproches. Con comprensión. Ni unos son unos traidores ni los otros unos chalados. Todos, como dirían los católicos, somos hijos de Caissa.
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