lunes, 4 de octubre de 2010

El ciego sol, la sed y la fatiga...

  A la hora de enfrentarme a la hoja blanca, virgen de palabras e ideas, mientras mascullaba el cómo, una vez decidido el qué, me vino a la cabeza el poema de Manuel Machado, Castilla, tantas veces leído en la primera escuela, enfundado en las tapas duras del libro de lectura, que libros como aquellos ya no volverán, y reducido al recuerdo intermitente de un soplo de nostalgia infantil, a menudo numerosos.
  El Cid cabalga, camino del destierro, aunque no es tal verso el que me trae el poema de vuelta. Vivo en la casa donde habito, como diría el hermano del autor, más o menos, y quizás por la costumbre, el desarraigo forma parte de uno desde la más tierna infancia. No, no se trata de la cabalgadura del Campeador lo que inspiró el recuerdo del poema: fue la fatiga. Harto ya de estar harto, ya me cansé, dijo Serrat en Vagabundear. En esas ando. Abarcando los vientos que no se dejan abarcar. Navegando apenas con frágil esquife entre buques fantasmas, tripulados por corsos sin patente, que hieren, insultan e infamian, resguardados por la distancia y la coraza de su bajel.
  Otros, en cambio, abrieron sus puertas como islas convertidas en oasis acogedores, sin más condición que ser uno entre todos. Siembro mi gratitud en sus tierras para dejarles la cosecha como prenda, llegada la hora de la partida. Pronta. Exigüas las fuerzas, y extraviadas las ganas, pesan demasiado los trebejos para llevarlos a la casilla adecuada tras cada embestida del rival. Ni siquiera en el enroque encuentra reposo el monarca, tras los peones, inmóviles, que se empecinan en dar la vida por él, cuando el aliento es ya escaso, y largo el tiempo preciso para recuperar el resuello.
  Polvo, sudor y hierro, el Cid Cabalga. Suelto alforjas, compañeros de camino. Necesito espacio, tiempo, silencio, reposo.
  Si, déjenme solo con el día. Pido permiso para nacer.
  Gracias, Neftalí.
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