jueves, 28 de febrero de 2008

¿Qué es el ajedrez?





Pregunta repetida e irresoluble, como todas las grandes cuestiones de la Humanidad. Grandes Maestros, míticos algunos, han plasmado para la posteridad sus reflexiones sobre el tema. Todos y cada uno de quienes jugamos, o han jugado, al ajedrez, tendrá su propia respuesta. Compararlo con la vida, es una tentación que los más grandes no han podido eludir: desde "El ajedrez es como la vida" de Spassky, hasta "El ajedrez es mi vida" de Korchnoi, pasando por el más tajante de los tres, "El ajedrez es la vida" del inolvidable Bobby Fischer. Loas como la de Lenin, buscan una resolución menos vital de la definición: "El ajedrez es la gimnasia de la mente" o la de Göethe: "El ajedrez es la vara de medir el intelecto humano". Gary Kasparov dijo que es el deporte más violento que existe. O Tolia Karpov que el ajedrez es un arte.



Todo esto está muy bien. Grandes frases. Hermosos pensamientos que nos encaminan hacia una Filosofía del tablero, en la que, quizás, podamos tener algo que decir. Pero sería humillante para nuestro juego, que su definición, o los sentimientos que despierta, fuesen resumibles en un aforismo. Esfuerzo, estudio, dedicación, creación, técnica, inspiración, gozo, desilusíón, expectativas, confianza, tenacidad. Todo ello forma parte de los sesenta y cuatro escaques. Entre las líneas del tablero, anda esa definición que buscamos. Sin máscaras. Sin engaños. El estafador es traicionado por la verdad de la jugada correcta. Del plan correcto. De la combinación correcta. Cada posición se calcula, se valora, se siente. Cada partida de nuestros Precedesores, es recorrida minuciosamente, en una mezcla de éxtasis y estudio. El riesgo que se decide correr, o la ventaja que se materializa. El ataque a pecho descubierto o la defensa numantina.



El ajedrez iguala generaciones. Jóvenes y ancianos, iguales ante el tablero. Ímpetu contra sabiduría. Como en la vida.



Si, todo igual. Con una excepción: la vida acaba con la muerte. El ajedrez no.



lunes, 25 de febrero de 2008

Tratado de buenas maneras en Ajedrez I

Vivimos en un tiempo en el que los buenos modales no andan a la última. Pareciera que un comportamiento cortés o educado, se valore como trasnochado en este joven siglo XXI. El Ajedrez no se libra de este mal gusto generalizado que, de momento con más pena que gloria, los reglamentos tratan de eliminar. Anda el asunto del apretón de manos al comenzar y concluir la partida, entre los más polémicos del momento. Todo comenzó con el match Kramnik-Topalov, cuando el búlgaro acusó a Vladimir de usar el aseo como sala de análisis con PC. Al final, el tema concluyó con un monumental escándalo y los dos rivales evitando, aún hoy, darse la mano. La Federación Internacional de Ajedrez, a raiz de ello, incluyó en sus normas que negarse a dar la mano supodría la pérdida de la partida. Claro, si los dos están de acuerdo en no saludarse, pues no hay sanción. Mala ley, entonces. Cheparinov a punto estuvo de perder contra Short por tal villanía. Casualidad: el mánager de este último negador de manos es el mismo que el de Topalov, o sea, Danailov.

Ya podemos enumerar una norma de buenas maneras en ajedrez:

NORMA 1: Darás la mano, o aceptarás la de tu rival, al comenzar y al terminar la partida.

COROLARIO 1: A ser posible un apretón dentro de los límites de lo razonable: o sea, ni una mano blanda tipo babosa, ni una tipo del centro de Bilbao, que le trastorne los huesos propios de la mano al rival de turno.

COROLARIO 2: Si tu estás sentado para comenzar la partida, y tu rival llega con algo de retraso, puedes hacer como que te levantas para saludarle, aunque no completes la jugada. Viste mucho, y da buena impresión.


A otra especie de mal gusto pertenecen los que realizan sus movimientos de pie, como sin molestarse. Generalmente se trata de jóvenes mal orientados, que piensan que su chulería les concede cierto nivel. Efectivamente, nivel sí que otorga, pero no ajedrecístico precisamente. Más bien de idiotez. Lo curioso, es que nunca juegan así cuando están perdidos, sólo cuando llevan ventaja. No conozco ejemplos entre los Grandes Maestros (salvo cuando dan simultáneas, pero es que sería un rollo sentarse y levantarse unas 800 veces por sesión), pero sí unos cuantos entre los jóvenes alicantinos. Esto nos permite pasar a la norma 2:


NORMA 2: Jugada de ajedrez es el movimiento de una pieza sobre el tablero cuando la distancia entre el asiento del jugador y su culo es una sucesión que tiende a 0.

EXCEPCIÓN 1: Impedimentas físicas: se permite el uso de flotadores para aliviar la zona. Entonces la distancia entre los puntos de la sucesión es equivalente a lo hinchado que esté el flotador.

EXCEPCIÓN 2: Llamada el síndrome de Anthony Miles, genial jugador británico, ya desparecido, que tuvo que jugar acostado durante un torneo, por una dolencia de espalda.

Como colofón a la sesión educacional de hoy, vamos a hablar del Avituallamiento en Partida. Hay de varios tipos:


a) Nervioso-Compulsivo: Comedor de caramelos, chupa chups, chicles y otras golosinas, generalmente envueltas con papel ruidoso, y que generan un molesto sonido succionador al ser consumidas.


b) Bebidas gaseosas e/o isotónicas: Síndrome del corredor de Maratón. Hidratación por líquidos. Generalmente personas educadas, sólo molestan al destapar el bote. A veces se produce una breve aspersión, que puede mojar a los del entorno, sobre todo si el bebedor es nervioso, y ha agitado el envase imprudentemente.


c) Bocata: viene envuelto en papel de aluminio. Resulta molesta su apertura, que suele coincidir con el tiempo de reflexión del rival. Provoca un proceso geológico llamado "Mar de migas", que obliga al limpiado del tablero repetidas veces.


Con estos presupuestos, enumeramos la tercera norma de buenas maneras

NORMA 3: Comer podrás, pero al rival no molestarás. Lo mismo para los bebedizos.

COROLARIO 1: El bocata, o bebida, deberán estar visibles desde el inicio de la partida, y no ser proporcionados durante la misma por un tercero, para evitar mensajes cifrados, dependiendo del sabor, color, tamaño o ingredientes del refrigerio. Recordemos las instrucciones que recibía Karpov en Baguío 78, dependiendo del color de su yogourt.

COROLARIO 2: Manchar la planilla con aceite es jugada ilegal. Dos manchas, pierde la partida. Si el aceite es de oliva, se permite una mancha más.

Seguiremos con nuestro tratado de buenas maneras en próximas entregas. Hasta entonces, nombramos caballero de honor de las buenas maneras al GM Húngaro PETER LEKO, verdadero gentleman del tablero.





martes, 19 de febrero de 2008

Reyes sin corona




Indeleblemente, desde siempre, he sentido una especial simpatía por aquellos ajedrecistas que, demostrando una maestría indiscutible, no han visto premiado su talento con el título de Campeón del Mundo. La primera muestra de ello fue mi predilección por Viktor Korchnoi, en sus enfrentamientos con Anatoly Karpov en 1978 y 1981. Ignoro cuál hubiera sido mi actitud hacia él, en el caso de haber vencido en alguno de esos matches. Aún hoy, es uno de mis favoritos, tanto por este singular Sindrome de Estocolmo, como por la pasión que siente al sentarse frente al tablero a sus tan bien llevados 77 años.
Con el tiempo, cayó en mis manos un libro que se convirtió en mi Biblia ajedrecística, y todavía lo es: Mi estilo en ajedrez, de Paul Keres. La descripción que Ricardo Aguilera relata del jugador estonio es un tratado de caballerosidad ante el tablero. Sus partidas, comentadas con total humildad, transmiten la sabiduría de un Gran Maestro inigualable. No en vano, tanto Korchnoi como Spassky lo consideran como el mejor jugador del mundo en los años 40 y 50, por encima del consagrado Botvinnik.
No quedó ahí mi particular círculo de amistades sin corona. Al tiempo, llegó a mis manos un librito que, de ninguna manera, presentaba a priori, un atractivo especial: La Partida de Ajedrez, de Akiba Rubinstein. Bastó la primera de ellas, Rotlewi-Rubinstein, Lodz 1907, para que añadiera al Gran Akiba a mi nómina de favoritos sin dudarlo. No fue partidario Rubinstein de comentar sus propias partidas, pero sí otros grandes jugadores que valoraban su fuerza: Alekhine, Schlechter, Reti, Tarrasch, Kmoch, Capablanca, Fine y, más recientemente, Kasparov.
Ahora ando a la búsqueda de un príncipe contemporáneo: Akiba, Keres y Korchnoi llenan el siglo XX. Este nuevo siglo, quizás, comience con otro genio incomprendido: Ivanchuk. Pero esto, sólo el tiempo lo dirá.
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