sábado, 11 de septiembre de 2010

Yo juego para ganar I: Bent Larsen vuelve junto a Fischer

Como nos engañaste, Bent. Con esa imagen que vendías de jugador superficial, arrogante y descarado. Que predecías tus propios resultados con un optimismo rayano en lo cómico. Conseguiste que muchos no te tomaran en serio. Los insensatos, claro. Fischer te respetaba muchísimo. Botvinnik también. Incluso el traductor de Mis Geniales Precedesores IV te confunde con Lasker al transcribir tu nombre, otorgándote una corona que no ostentaste y sí mereciste.
Dos derrotas te marcaron a los ojos de la mayoría de ajedrecistas: el 6-0 que sufriste a manos de Bobby en Denver (y eso que ibas advertido con el otro set que le endosó al pobre Mark) y la miniatura que te había colocado Spassky en Belgrado un año antes. Qué injusto.

Pero muchos no tenemos en cuenta estos deslices. Es más, valoramos tu capacidad de reponerte de ellos, y seguir jugando a ganar. En este blog de Reyes sin corona, caben pocos: Rubinstein, Keres, Korchnoi, Stein y ahora tú.



Agradecemos tu magisterio, ese del que no presumías y que, como pocos, ofreciste honestamente en tus libros dirigidos a los entusiastas de este juego. El match Karpov-Korchnoi de 1978 fue uno de ellos. "Yo juego para ganar", ahora reeditado como "Todas las piezas atacan" por la editorial Chessy (www.editorialchessy.com), es ya un clásico moderno, que todo jugador que se precie debe leer, por el estilo ameno y didáctico del gran campeón danés.
(Ver enlace http://tiendachessy.com/tienda/catalog/product_ info.php?products_id=46)

Pero hay uno que sobresale a los demás. "Las jugadas maestras en el ajedrez". Pasados los 40 años, no es fácil aprender. De ese librito saqué más conclusiones que de ningún otro. Mis alumnos se aprovechan de él, pues lo trabajamos horas y horas. Táctica, Estrategia, Planes, Finales. No olvidaste nada. Todo explicado con sencillez y rigor.

Todos, absolutamente todos los días desde que llegó a mis manos, recomendado por el MI francés David Marciano en el chat de Europe Echecs, donde tantas partidas comentaste, estudio al menos una posición. Decenas de veces. Ida y vuelta. Cada vez descubriendo algo nuevo. Aprendiendo a pesar de la edad, los defectos adquiridos y la vitola de eterna promesa que otro MI, muy querido por mi, me acuñó.

Gracias, Bent. Bienvenido a este humilde blog, que capitanea el Gran Akiba. Seguro que por los reinos de Caissa, ya andais enfrentando su temible concepción estratégica, a tu audaz visión hipermoderna. Mientras, Nimzowitch hablará maravillas de su alumno más aventajado. Bent Larsen. Descansa en paz.

martes, 7 de septiembre de 2010

Mis ídolos cotidianos: Antonio Erades Berenguer

Qué nuestros mayores son un ejemplo a imitar, es harto conocido, si bien algunos modelos andan bastante lejos de ser un referente válido en lo que a virtudes se refiere. Cuando manejamos entre nuestras manos un grupo de alumnos, en este caso de ajedrez, pero cualquier deporte o disciplina puede ser válido, esmeramos nuestro comportamiento, pues nos sabemos mirados por los ojos de niños, sensibles a cualquier estímulo que provenga de sus maestros. Esto, que es una responsabilidad importante y, al mismo tiempo, una compensación impagable del esfuerzo realizado, no alberga comparación cuando el alumno troca en maestro, y quienes recibimos la lección somos los educadores.
Y el regalo de la lección de un Dios Menor, se nos impartió en el recién Torneo Internacional de Ibi. Una de nuestras jugadoras del C.A. Aspe, disputaba su primer torneo, por supuesto el Infantil. Iba perdiendo todas sus partidas, y por añadidura, uno de sus rivales se burló de ella, por sus derrotas consecutivas. Andaba nuestra compañera algo atribulada, con cara seria, no tanto por las derrotas, a las que todos íbamos quitando hierro, sino por el comentario mordaz del cruel infante. En estas, acertó Antonio, Erades Berenguer, a sentarse al lado de nuestra amiga, para ponerle remedio al asunto:

"No te preocupes, Andrea, el año pasado yo también las perdí todas, y este año ya ves, llevo dos ganadas"

Esto no lo dice un monitor, ni un padre, ni siquiera un espectador adulto: lo dice un niño de 9 años, que tiene unos momentos para dedicárselos a una compañera a la que ha conocido hace pocas semanas, pues Andrea acaba de incorporarse a nuestro club.

A Antonio no le ganarán las partidas dándole mate, pues tiene una pieza más importante que el rey de blancas o negras: Antonio tiene un corazón así de grande.
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