miércoles, 26 de marzo de 2008

Tratado de buenas maneras en ajedrez II: Tics, gestos y manías.

Qué los ajedrecistas somos unos tipos raros, es de manual. No me extrañaría que, algún día, nos dedicasen un documental en el National Geographic, o en el Canal Natura y lo titulasen: "El Cortejo de la Presa" o también "Hipnosis sobre el tablero". Y es que ciertamente, no sólo tenemos que luchar contra las buenas jugadas de nuestros rivales, sino contra todo un crisol de danzas rituales, más propias de la cultura maorí que del noble arte del ajedrez.

Y todo puede empezar antes de sentarte a jugar. Miras el emparejamiento, tablero 31, blancas contra quien sea. Buscas en la sala de juego y encuentras tu sitio. Lo que no se vé es ni el tablero ni el reloj: coca cola, bocata, agua, aspirinas, el reloj de pulsera, el móvil apagado, el paquete de tabaco cerrado y el mechero, las llaves del coche, y una estampita de la Virgen de Lourdes, por si se aparece. Te sientas, le das la mano al tendero, y el hombre no te suelta, mientras busca azaroso las planillas: si estaban por aquí, afirma, mientras rebusca con la mano libre por debajo de la paradita.
- Si no te importa, le replicas, intentando recuperar la mano.

Aparecen las planillas, y uno rellena la suya. Como también albergo mis manías, pues procuro hacerlo con letra clara, colocando el bolígrafo siempre entre las dos columnas de jugadas. ¿Qué soy raro? Mi adversario saca un juego de seis rotuladores rötring, cada uno con un color de tinta y calibre distinto, y una regla milimetrada, con la que delinear las jugadas. El problema viene cuando concluye la partida, porque entre que no hay espacio para la firma, y que a uno le da pena hacer un garabato vulgar entre tanto arte gráfico, al final colaboras y le plantas un grafitti.

Prolegómenos finitos, comienza la partida. Juego 1.e4, con naturalidad, y pulso el botón de mi reloj, anotando a continuación la jugada en mi planilla, limpia y ordenada. Mi rival contesta. Por tiempos. Tiempo 1: Mano en alto, como pidiendo la palabra, con los dedos orientados hacia el tablero. La otra mano soportando el mentón, y la mirada fija en la pieza elegida. Este tiempo es el llamado ARRIBA PERISCOPIO.
Tiempo 2: Duda cartesiana: Con la mano aún extendida, el jugador realiza un ligero movimiento de rotación de su mano, con los dedos todavía mirando hacia las piezas. Este tiempo se denomina: ENROSCADO DE LA BOMBILLA o también HOMENAJE A RAPHAEL.
Tiempo 3: o ATAQUE DE LA PIEZA. La mano, como una babosa succionadora, sujeta la pieza con fuerza, y antes de separarla del tablero, la oprime contra él, como afianzando su localización.
Tiempo 4: Con un gesto rápido, potente, el jugador, con la pieza en la mano, vuelve al tiempo 1, pero con la mano hacia arriba, con el terciopelo del trebejo mirando al cielo. Es el movimiento llamado CABO CAÑAVERAL. Si el gesto es erróneo y la pieza se desprende de la mano, cayendo al suelo, el tiempo se denomina HOUSTON, TENEMOS UN PROBLEMA.
Tiempo 5: La pieza es depositada en cualquiera de las casillas hábiles al efecto, con un firme giro rotatorio al tocar tierra. Es el FINIS TERRAE.

Como cualquier árbitro sabe, incluso aquellos que cuando actúan como jugadores lo hacen con el móvil encendido, la jugada no ha terminado. Falta apretar el reloj. Cuando la mano pierde contacto con la pieza, el jugador mira a su rival. Mentalmente recita su mantra: Oooooooooaaaaaaaaaaaaaammmmmmmmmmmm. Al mismo tiempo, y sin perder de vista los ojos del adversario, la mano, extendida y con la palma hacia el tablero, planea majestuosa en busca del maquiavélico mecanismo.
Uno, que ha observado todo el proceso con admiración, cuando ve completado el lance, no sabe si aplaudir, desmayarse, o pedirle un autógrafo al artista, al tiempo que grita EL AUTOR, EL AUTOR.

Notas aclaratorias:
1: Cualquier parecido con la realidad, puede no ser pura coincidencia.
2: Este artículo puede estar basado en hechos reales.
3: No abusar de su lectura, puede ocasionar gestodependencia.

martes, 25 de marzo de 2008

La jugada perfecta


Tal y como nos enseña Kasparov en su libro "Cómo la vida imita al ajedrez", tanto una como otro, acaba asignándonos nuestro lugar, acorde, generalmente, a nuestras capacidades, deseos y esfuerzos. Luego, el resultado quizás no sea siempre el esperado, pero los gestos, costumbres, hábitos y rutinas se repiten año tras año, y a condición de que estos no varíen, salvo que lo hagan para una evidente mejoría, la cosecha será más o menos satisfactoria.

Uno se educó ajedrecísticamente a base de palos. No tuvimos la suerte de que alguien nos explicara los temas tácticos o estratégicos, así que nos tuvimos que encomendar a los libros de la Editorial Bruguera y al prolífico autor Fred Reinfeld, firmante de obras, alguna de ellas excelente, otras infumables. Nuestros mayores no estaban para darnos clase, y los de nuestra generación tuvimos que buscarnos fuentes de donde beber.

Pronto tomamos los jóvenes la responsabilidad del equipo patrio. En los años ochenta, un grupo de jóvenes representábamos, en aquel entonces, al Club de Ajedrez Casino de Novelda, hasta la fundación del Club Escacs Novelda en 1987, sin más bagaje que el procurado por nosotros mismos. José Luis Abellot, Rogelio Miralles, Diego Jiménez, José Antonio Pina, y un servidor, recorríamos la provincia capitaneados por Félix José Montoya. Era un primer tablero majestuoso, sólido, que nos conocía a todos y cada uno de nosotros perfectamente, y sabía sacar lo mejor de sus compañeros. No ansiaba su lugar, no envidiaba su primer tablero. El ajedrez me había dejado un espacio, el mío. Estar ahí me hacía mejor. Mucho mejor.
Para mí era aún más especial. Eramos verdaderos amigos, desde niños. Levantar la cabeza, y verlo en el primer tablero me daba una seguridad que he tardado mucho en recobrar. Él confiaba en que mi ajedrez era algo más que sacrificios más o menos dudosos o posiciones complicadas a ultranza. Sabía, tras tantas horas de tablero en común, que yo era capaz de jugar buenas partidas que fueran útiles al equipo. Fue una gran época.

De ella sobrevivimos en activo Abellot y yo. Ahora ya no pertenecemos a un equipo en el que éramos los más jóvenes. Hoy somos los veteranos. Pero yo sigo mirando hacia el primer tablero. Junto a mi, grandes jugadores y excelentes personas: Lucas, Pinos, López. También nuevas generaciones que nos animan a seguir adelante: Sonia, Ana, Laura, Camacho. Y los más jóvenes, que algo aprenderán de nosotros: José Manuel, Juan Pedro, Antonio y mi hija, Ariadna. No sé dónde mirarán ellos, en qué o en quien se apoyarán cuando se sientan inseguros, o les asalte la duda. Todos estamos allí para ayudarles. Yo sigo mirando al primero. Al que siempre creo. Félix ya no está. Guti sí. Poco se tienen que envidiar. Ya quisiera yo jugar como ellos. Los dos me han hecho mejor de lo que era. Los dos me han dejado mi sitio.

Y Lucas.

Y López.

Y Pinos.

Y Abellot.

Y Sonia.

Y Ana.

Y mi hija, que me enseña ajedrez, en lugar de ser al revés.

Y cerebrín (nunca dejes de pensar que te quedan cosas por hacer).

Y todos los que me dejais aprender de vosotros.


Gracias, porque no estamos solos cuando movemos una pieza. La movemos todos.

Juntos la haremos: La jugada pefecta.


lunes, 24 de marzo de 2008

Mis amigos del alma I: Clase magistral de arbitraje en La Roda

El ajedrez nos ofrece momentos impagables, sea bien por las satisfacciones propiamente deportivas, bien por esos instantes compartidos con buenos amigos. Este año no tuve ocasión de participar en el Open Internacional de La Roda, donde encontrarme con tanta gente conocida y apreciada. No es un secreto que Juanjo (Llavador), Ana (Pastor) y Rafa (Del Valle, claro) son un grupo de amigos del que me precio formar parte. Juanjo y Ana estuvieron en La Roda. Rafa y yo, desgraciadamente no. El día de la última ronda, domingo 23, visité el torneo para estar unas horas con mis compañeros de club, Guti, Ana, José Manuel y mi hija Ariadna. Fue una jornada entrañable, entre la nostalgia por no haber jugado y la alegría por ver a los cuatro contentos, aunque cansados.
La última ronda nos obsequió con uno de los mejores momentos del torneo. Tras 25 minutos transcurridos de la misma, con un silencio casi absoluto en la sala, los visitantes del Club Escacs observábamos de forma panorámica la sala de juego, tranquilamente sentados, pues aún las posiciones no eran demasiado interesantes. Sobre el leve murmullo general, apenas audible, se alza majestuoso un sonido conocido: MÓVIL A LA VISTA.
Las cabezas de los espectadores semejan periscopios submarinos, buscando al propietario del utensilio. Sin duda, el receptor, avergonzado, busca con disimulo el botón que silencie el tono. Incertidumbre. Mi mujer me mira, inquisidora, valorando el origen del sonido: ¿No será Ana? No creo, le respondo. Roja, rubicunda, irritada, la referee alcoyana viene hacia mi, con paso ligero, militar, y el arma homicida en la mano. Repite una frase corta, casi una sentencia: LO MATO, LO MATO. No me hace falta preguntar, pues seguidamente completa: A Del Valle. La opinión general es unánime, la trencilla alcoyana no esperará la reclamación de su rival: en efecto, abandona inmediatamente. El adversario, un infante, no da crédito cuando le decimos: es árbitro. Pues vaya ejemplo, un árbitro con el móvil encendido. Lo que ya no le contamos es que el llamante también lo es. Una inventigación posterior demostró que el gran Del Valle también llamó a Juanjo Llavador. Por suerte, el emigrante albaceteño sí había apagado el celular.
Demos gracias.
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