martes, 22 de diciembre de 2015

De las herencias recibidas: dos novelderos y Karpov.


El ajedrez es un juego que suele darte tantas alegrías como disgustos. Si en otros deportes uno puede justificarse en la derrota, culpando al árbitro de ella, al aro demasiado duro o a lo mal que estaba la pista, aquí argumentos al azar no caben y si pierdes es en exclusiva por errores propios. Por ello, perder, puede ir acompañado de una sensación de impotencia bastante intensa, sobre todo cuando no somos capaces de entender los porqués de tal derrota. Y todo ello no es fácil de asimilar, por muy buena cara que uno ponga tras la partida, y se conserve la básica educación felicitando al rival.

        Eso, sin duda, es la parte dura de nuestro juego. Uno puede aceptar que otro humano corra más, salte más, o coma más huevos duros en una hora. Pero asumir que el de enfrente piensa mejor que tú, ya es harina de otro costal.

        Pero por suerte, el ajedrez no es sólo competir. Su historia, el conocimiento de su técnica, el estudio de las mejores partidas de los grandes jugadores de todos los tiempos, abren un campo inmenso al conocimiento, y por lo tanto al placer en este caso intelectual, que está al alcance de cualquiera con interés. No hace falta jugar como un gran maestro para disfrutar de estas facetas del ajedrez, como no hace falta ser Pío Baroja para disfrutar de "El arbol de la ciencia".

       Y dentro de esa Historia del Ajedrez, donde podemos conocer a jugadores de todas las épocas y disfrutar de partidas realmente hermosas, también tenemos la "Pequeña Historia", esa que nos toca de cerca, que formó parte de nuestra cotidianidad en algún momento y que, con la perspectiva del tiempo, nos percatamos que, de alguna forma, y dentro de ese pequeño círculo que es el ajedrez, fuimos testigos de algo entrañable.

        Allá por el año 1981, el incansable divulgador ajedrecístico, Román Torán Albero, fundaba la revista 8x8. A diferencia de su competidora, la revista Jaque, la publicación de Torán incidía más en la enseñanza y práctica del juego que en la información y la idea funcionó bastante bien, pues gozó de gran aceptación entre los ajedrecistas aficionados. En esas, la dirección de la revista organizó un concurso en el que había que solucionar unos problemas de ajedrez y entre los acertantes se sortearía el participar en unas simultáneas con el entonces Campeón del Mundo, Anatoly Karpov, a celebrar en Madrid. Un noveldense, Plinio Montoya Belló, ajedrecista bastante fuerte, fue uno de los afortunados ganadores. Para quienes rodeábamos en aquel entonces a Plinio, yo era amigo de su hermano Félix y todos frecuentábamos los círculos ajedrecísticos, aquello fue una auténtica fiesta. Estuvimos antes y después de la celebración de la simultánea, acosando a preguntas al afortunado, y pidiéndole que nos enseñara la foto, en aquel entonces no se hacían miles como ahora, y la partida, así como el ejemplar del libro de Partidas Selectas de Karpov, que el campeón le firmó. Fue una experiencia bastante bonita para todos. Y durante muchos años fue el único noveldense que jugó con Anatoly Karpov.

      Veintiocho años después, en Valencia, pudimos sacar, ya con cámara digital, esta foto:



      Muchos pensarán que la publico como padre orgulloso, ya que la muchacha de amarillo es mi hija Ariadna, jugando en 2009 con el XII Campeón del Mundo, Anatoly Karpov. Y tendríais razón. Pero en esta foto hay algo más, mucho más. Yo tenía 17 años cuando mi amigo Plinio fue a jugar con Karpov a Madrid, y aquello fue una experiencia para mí: un conocido jugó con alguien inaccesible. Impensable. Ahora mi hija hace lo mismo y soy testigo de ello. Al fondo de la foto, con una camiseta gris, perilla canosa y mirando atentamente la partida, está Plinio Montoya. Casi tres décadas más tarde, el pasado y el futuro de mi vida ajedrecística se unen en una instantánea inolvidable. Plinio era un jugador muy fuerte (ya apenas juega) al que nunca pude ganar, aunque en nuestras últimas partidas, en los años 80, él tampoco podía conmigo, varias tablas muy luchadas. Mi hija tiene un estilo y una comprensión del juego parecida a la suya, ambos muy Karpovianos. Mi amor por el ajedrez, casi infinito, reúne ante uno de sus dioses a dos de sus más directos testigos.

     Aquella tarde en Valencia, fue una de las mejores que me ha regalado este juego. Conocer a Karpov y a Kasparov formó parte de ello. Pero esta foto, esta histórica foto, que une a los dos únicos noveldenses que han jugado con un Campeón del Mundo, es un recuerdo inolvidable.

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